Peñas Blancas
Domingo 14 de abril de 1996. 04:00 a.m. Apago el despertador unos segundos antes de que comience a sonar.
Media hora más tarde todos nos encontramos en el punto de partida, Allí estábamos HP8BYH, HP8HAR, HP8CAQ, HP8DES (más vestido para asistir a misa que para acometer nuestra empresa), HP8DRE, su hijo Junior y yo, con mis cámaras. ¡Todos listos!
Subimos a los carros y partimos hacia las montañas bajo una luna llena esplendorosa. Llegamos al Copé cuando el sol comenzaba a iluminarlo. Eran pocas las personas que a aquella temprana hora dominical estaban en la calle. Por suerte para nosotros, había una pequeña fonda recién abierta donde nos prepararon café fuerte y azucarado y unos hojaldres.
Nos adentramos
por el camino montañero hasta llegar al río de aguas transparentes, frescas y
rápidas que corren y saltan entre las piedras.
El paisaje es una postal. Al fondo, en un tono más oscuro y sobrepasando en mucho la altura de sus vecinos, se yergue majestuoso, rozando las nubes, el cerro Peñas Blancas. Con sus 1314 m snm es el más alto de la provincia de Coclé.
A un lado del camino nos esperan los guías. Aquí quedan los carros y comienza la verdadera aventura.
La primera parte del camino es una pendiente de casi 55º, escarpada y sembrada de piedras. La acometemos con fuerza y entusiasmo... los diez primeros minutos. Después de una hora de marcha llegamos a un rellano. Desde allí la vista es estupenda y la disfrutamos mientras tomamos un descanso para que el cuerpo se acostumbre al esfuerzo y a la altura. HP8DRE y Junior deciden abandonar la expedición en este punto. Junior es joven y sería capaz de subir esta montaña aunque fuese el doble de alta, pero ayer fue sábado y...
Cada vez que le
preguntamos a los guías cuánto falta para llegar a la cima, la respuesta es la
misma: Un par de horas, más o menos. Pero en sus ojos brilla una chispa de sana
malicia que nos hace comprender que, esas horas, tienen mucho más que los
sesenta minutos reglamentarios. Caminan a nuestro lado dejándonos marcar el
paso y haciéndonos ver las maravillas que Natura nos da y que el cansancio nos
impide.
Nuestro entorno cambia casi drásticamente. Unos pocos pasos más y entramos en una zona de exuberante vegetación, con árboles tan frondoso y altos que dificultan el paso de la luz del sol, formando una zona de penumbra, con un ambiente siempre húmedo y con fuerte olor a vegetación en estado de descomposición. Caminamos sobre una alfombra vegetal formada por raíces, musgo y troncos de árboles que cayeron cuando las lluvias arrastraron ladera abajo la tierra que los sujetaba . Hay que pisar con cuidado, el suelo es resbaloso y las caídas son frecuentes. Nos ayudamos a subir asiéndonos a los troncos y a las ramas de los árboles, pero también con ellos es necesario ser precavidos, unos están cubiertos de finas espinas que hieren la piel y otros se parten y se desprenden al menor tirón.
Un poco más adelante nos encontramos con el grupo de vanguardia. HP8BYH extiende hacia mi cámara la palma de su mano abierta, mostrando un precioso ejemplar de rana dorada. Adelante encontramos más. Nos causa admiración un gran árbol hendido de arriba abajo por un rayo y, aún así, con tan grande herida, vivo.
A medida que
pasa el tiempo el ascenso se torna más difícil, nuestra fuerza va menguando.
El guía que va delante de mi señala algo en el suelo. Por mi expresión nota
que no entiendo su observación y se explica con una sola palabra: Tigre. Me
fijo mejor y veo una huella formada por tres círculos bien definidos, dos a la
par y uno más atrás. Busco en su cara algún gesto que me indique que sólo se
trata de una broma para asustarnos, pero su expresión es seria.
Bajo un árbol que se destaca de los demás por su tronco grueso y retorcido, nos reencontramos con nuestros compañeros. El guía me muestra, en la corteza del tronco del árbol, unas marcas profundas, como cortes que alguien hubiese hecho con algo muy afilado. - Son huellas de las garras del tigre. Explica el guía. Para animarnos, hacemos algunas bromas respecto a un encuentro con el felino y seguimos nuestro viaje.
A un lado del camino se observa la hierba y la vegetación aplastada, como si alguien de mediano tamaño se hubiese revolcado en ella. El guía dice que se trata del macho de monte y parece que este animal merece más respeto que el mismo tigre.
Con las cantimploras vacías llegamos al nacimiento de la quebrada Piedras Blancas. El agua es fresca y transparente. La bebemos sin reparos , pues allí aún no ha llegado la contaminación.
En una cima nos esperan nuestros amigos. Aquí la vegetación es baja y nos permite ver un paisaje fantástico cuando el viento despeja la niebla que nos envuelve. Lo único más alto a nuestro alrededor es la cumbre del Peñas Blancas, que como siempre, está a dos horas de marcha.
Subimos y
bajamos, resbalamos y caemos, saltamos sobre troncos derribados o pasamos por
debajo. Avanzamos. El viaje ha durado ya cinco largas horas y estamos muy
cansados. La cima aparece a un tiro de piedra entre la niebla, pero el camino se
hace más difícil, hay que seguirlo dejándose caer por una pendiente vertical
de unos tres metros de altura y subir al otro lado. Es demasiado esfuerzo y
algunos prefieren quedarse donde están. Evaluamos los pros y los contras de
instalar allí una repetidora y, por las duras condiciones, decidimos
descartarlo.
Compartimos las viandas que llevamos, hasta una deliciosa orden de arroz con pollo preparada por la esposa de HP8DES, todo remojado con agua de la quebrada Peñas Blancas.
Las pruebas de transmisión no son satisfactorias. En realidad son pésimas. Tal vez desde la cima resultaran mejor, pero ya nos enfriamos, es tarde y debemos comenzar a bajar si no queremos que la noche nos sorprenda en la montaña y quizás el tigre o el macho de monte.
Los guía, HP8DES y yo seguimos siendo la retaguardia del grupo. Aprovecho cada parada para filmar y fotografiar lo que nos llama la atención. La bajada es más difícil que la subida. No soporto el dolor en las piernas y debo ayudarme de una larga pértiga para descender, usándola a manera de freno. Uno de los guías intercambia sus botas con las mías. Las suyas son por lo menos dos números más grandes, pero siento un gran alivio.
En la última cuesta, Junior sale a nuestro encuentro. Se ofrece a llevar mis cámaras y, tras asegurarse de que todos estamos bien, se adelanta a dar la noticia. Nuestros compañeros habían llegado una hora antes, pero no se fueron hasta no vernos llegar. HP8DRE había mandado preparar una abundante y suculenta comida y mis padres, HP8AJN y HP8XPG, trajeron refrescos. Entre bocado y bocado fuimos reviviendo las experiencias de nuestra aventura en el Peñas Blancas.